Edición Abril de 2008 - Revista El Viajero - Bogotá D.C - Colombia - Todos los Derechos Reservados

La magia de la Villa de San Cristóbal de La Habana 

Texto: Odalys Cimadevilla
Fotografía: Javier Abreu García

Como el más apreciado de los vinos, que al paso del tiempo los hace más exquisito al paladar, así es San Cristóbal de La Habana. Ella realza por sus encantos y la magia que la envuelve para prodigarlos a la vista de quienes la habitan o regresan a ella cada año.

Inspiración de poetas, imagen recurrente de los pintores, paso comprometido de peregrinos y forasteros, la capital de la República es el centro de la vida cultural, económica y social del país. Es la más pequeña y a su vez la más poblada del archipiélago cubano con alrededor del 20% de la población.

Desde 1519 se hizo llamar la Villa de San Cristóbal de La Habana, en pacto honorable entre el santoral católico y el nombre del cacique aborigen de la región. Los siglos siguientes a su fundación añadieron arquitecturas y detalles hasta conformarla en una ciudad heterogénea.

En la actualidad, La Habana, como se le conoce hoy, presume de ser una de las capitales de América que mejor conserva su tradición, distinción confirmada por la UNESCO en 1982, al declarar a su Centro Histórico, Patrimonio de la Humanidad.  

San cristobal de La Habana 

La ubicación más antigua fue al sur de la actual provincia de La Habana, aproximadamente en 1515, pero el lugar resultó inadecuado y sus pobladores se trasladaron hacia el norte. En esa ocasión se eligió la desembocadura del río Casiguas, nombre aborigen del Almendares.

Tampoco las características de la zona eran las óptimas y la villa errante se volvió a mudar. Esta vez plantó sus horcones junto al puerto de Carenas —actual bahía de La Habana, descubierta algunos años atrás por el capitán Sebastián de Ocampo— y la ciudad celebró con toda solemnidad su tercer y definitivo nacimiento, el 16 de noviembre de 1519. Según la tradición, el acto se efectuó al pie de una frondosa y enorme Ceiba, en el lugar que hoy ocupa el edificio de El Templete, en la Plaza de Armas. Ahí floreció lo que más tarde sería la capital del país, bañada por la brisa marina del puerto habanero y el profundo azul del Caribe.  

Como tocados por algún mágico conjuro, los primitivos caseríos de tabla y guano de los primeros pobladores cedieron lugar a recios palacios y elegantes mansiones. Mármoles, cristales, maderas y piedra; el hierro, la plata y el oro en manos de los artífices criollos cobraron vida en sus celosías, balcones y muebles labrados en maderas preciosas; en los arco iris de los vitrales o medio puntos; en las fuentes de sus patios umbrosos y en esas rejas, como finos encajes de metal.

En el año 1553 se reconoce a La Habana como capital de la isla al autorizar la Real Audiencia de Santo Domingo a residir en ella a los gobernadores. Años después mediante la Real Cédula del 20 de diciembre de 1592, se convirtió en ciudad y recibió los títulos de “antemural de las Indias Occidentales” y “llave del Nuevo Mundo”.

Posteriormente se transformó oficialmente en capital de la colonia por razón de la Real Cédula del 8 de octubre de 1607.La Habana se deja admirar, y extasiado contemplas su Giraldilla a la vista de los navegantes, su Cristo omnipotente en lo alto de la bahía, sus adoquines, sus vitrales.

La Giraldilla: hermoso símbolo

La Giraldilla, con su porte elegante y su gesto altanero, obliga al paseante a elevar la mirada para verla proyectada contra el azul del cielo de la capital cubana, de la que es un hermoso símbolo.

Entre los años 1632 y 1634, la Giraldilla fue colocada en el punto más alto del Castillo de la Real Fuerza, el primero construido en La Habana en 1539, para defenderla de corsarios y piratas. Hoy está reemplazada por una réplica. Sin embargo, el original puede observarse en el Museo de la Ciudad, ubicado en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales.

En 1538, el Rey de España, Carlos I, nombró Capitán General de Cuba y Adelantado de La Florida a don Hernando de Soto. Al llegar a Cuba y tras tomar posesión de su cargo, dejó como gobernadora a su joven esposa, doña Isabel de Bobadilla, y salió hacia La Florida.

La espera tejió una singular leyenda de amor y fidelidad en torno a aquella mujer que, como luego se murmuraba, murió de amor. También se afirma que en ella se inspiró el escultor y fundidor cubano Jerónimo Martín Pinzón, para lograr una verdadera obra de arte. Juan Bitrián Viamonte, gobernador de la plaza entre 1630 y 1634, fue quien mandó a fundir la escultura en bronce y colocarla sobre la torre añadida poco después al Castillo; la bautizó como Giraldilla. La Giraldilla es una veleta, con la figura de una aborigen, que sostiene en su mano derecha una palma de la que sólo conserva el tronco, y en su izquierda, en un asta, la Cruz de Calatrava, orden a la que pertenecía el gobernador.

Tiene 110 centímetros de alto, en su pecho aparece un medallón con el nombre del autor y tiene la falda recogida sobre su muslo derecho. Leyenda de amor, historia, arte, símbolo... todo encerrado en esta estatuilla.

El cañonazo de las nueve: un acto de tradición

Cada noche, desde cualquier punto de la ciudad los habaneros verifican la exactitud de sus relojes al escuchar el característico sonido del “cañonazo de las nueve”, ceremonia que se realiza desde 1986 y que se recrea a modo de fantasía militar en la fortaleza de San Carlos de la Cabaña.

La plaza de este fuerte es el escenario donde uniformados a la usanza de la segunda mitad del siglo XVIII un oficial, varios artilleros, un farolero, un portaestandarte y un tamborilero protagonizan ese acto de cronométrica puntualidad, cuyos orígenes se remontan a los tiempos cuando La Habana tenía sistema defensivo amurallado perimetral.

Para anunciar tanto la apertura, como el cierre de la bahía y las puertas de las murallas, ya a finales del XVII se hacían sendas detonaciones desde un buque situado en el puerto: la primera, a las cuatro y treinta de la madrugada; la segunda, a las ocho de la noche.

Con la terminación de La Cabaña en 1774 se comienzan a ejecutar los disparos desde esta fortificación, según consta en documentos del Archivo General de Indias. Y en lo adelante, seguirían efectuándose allí pese a que en 1863, durante el mandato de Domingo Dulce y Garay, gobernador de la Isla, empiezan a derrumbarse las murallas por interés manifiesto de vecinos y comerciantes, ante el crecimiento de la zona de extramuros y el desarrollo de la actividad mercantil.

A partir de la primera intervención norteamericana (1898-1902) se utilizaría sólo un cañonazo, a las nueve de la noche. Devenido tradición, únicamente dejaría de cumplirse durante la Segunda Guerra Mundial (desde el 15 de junio de 1942 hasta el primero de diciembre de 1945), dado que Cuba era aliada de Estados Unidos contra el eje fascista Roma-Berlín-Tokío.

Para el cañonazo de las nueve, carguen! truena la voz del jefe de la dotación y, a partir de entonces, sin perder un segundo se suceden una tras otra las acciones hasta lograr el disparo.

Como el sonido viaja a 330 metros por segundo, el “cañonazo de las nueve” llega con ligeras diferencias a los distintos lugares de la ciudad, pero los capitalinos lo agradecen infinitamente como signo de referencia inconfundible.
Por eso no es de extrañar que en cualquier confín del mundo en que se encuentre un habanero, jamás pueda olvidar esta antiquísima costumbre de la tierra que lo vio nacer.

San Cristóbal de La Habana: ayer ciudad marinera y bulliciosa que echó raíces junto al puerto de Carenas, hace más de cuatro siglos. Durante el paso del tiempo se multiplicaron tus calles de sombras y columnas, pobladas con el transitar andariego de quitrines y volantas, de mestizas hermosas y vendedores con pregón ocurrente y musical. Hoy te reconocen como Patrimonio de la Humanidad, pero serás siempre la hermosa, cálida y hospitalaria ciudad mágica.



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